Filantropía y limosna, por Beatriz Sarlo
El chico que pide una moneda en el subte a cambio de una estampita obliga a
enfrentarse a diario a un dilema que tal vez no tenga respuesta. Dar o no
dar, esa es la pregunta.
POR BEATRIZ SARLO*. bsarlo@viva.clarin.com.ar
A veces no se reconoce a sí misma en las preguntas que se hace. Veinte años
atrás, cuando comenzaba la democracia en la Argentina, esas preguntas le
hubieran parecido inapropiadas. Hoy, sin embargo, quien viaje por transporte
público, quien no viva en un barrio cerrado y no llegue por autopista hasta
meterse por un tubo en algún nuevo edificio inteligente de Puerto Madero,
quien siga haciendo un uso intenso de la ciudad, está enfrentado a esas
preguntas. ¿Debe darle algo a este chico de las estampitas o hacerle caso a
los expertos y poner ese dinero en alguna institución, ya que ese chico
seguramente es un explotado de su propia familia o de algún otro adulto, o
un abandonado que necesita una protección más sistemática que el impulso
caritativo individual? No se trata de un caso teórico y sería cínico
considerarlo una divagación moralista. El chico está allí, repartiendo sus
estampitas, impávido, y cada uno tiene que decidir qué hace antes de que
termine con un vagón de subterráneo y pase al siguiente.
Se hace otra pregunta: ¿tiene alguna consecuencia lo que yo decida? Si el
escenario en lugar de un subterráneo fuera un pueblo donde todo el mundo se
conoce un poco, la respuesta sería más sencilla. Pero vive en una gran
ciudad, ese chico está pasando ahora, o quizás esté pasando todos los días,
pero cada día será algo así como un chico diferente. Tiene que responder en
el momento. Bertolt Brecht, frente a la advertencia de que los pobres
gastaban las limosnas en juergas de cerveza, afirmó que por eso mismo él
consideraba apropiado dárselas: ellos obtenían un placer que los que no eran
pobres podían alcanzar cuando se les diera la gana.
La respuesta de Brecht tiene su costado magnífico: evita que alguien, para
dar un peso, se enrede en un debate moral desmesurado y quizás hipócrita. Y,
sin embargo, aunque señala un hecho con gran perspicacia crítica, no siempre
es posible adoptar a Brecht como línea de conducta. Quien vacila teme que
las cosas sean más complicadas y que las organizaciones sociales tengan
razón cuando indican otro camino, más institucional y, por supuesto, más
separado del impacto del chico con sus estampitas, relojeando con la cabeza
baja si va a recibir o no su moneda de un peso. El chico ya salió del vagón,
pero la perplejidad no se esfuma. Si las organizaciones tienen razón, la
limosna fortalecerá la cadena que lo une a esos adultos que toleran o
impulsan su vida en la calle. Pero si no hay limosna, también es posible que
ese chico sea castigado porque no trajo a la noche lo que se esperaba de una
jornada de trabajo bien hecho. ¿Y si ese peso tuviera como destino una
hamburguesa y, en consecuencia, al negárselo, lo que está haciendo es privar
al chico de una comida? ¿Qué entiende ese chico del mediano plazo?
El problema tal como se lo plantea carece de solución. No es una solución
que la conducta se ajuste a dos normas: por un lado, darle el peso al chico;
por el otro, mandar un cheque a una organización de bien público. Tampoco es
una solución que la conducta siga sólo una de esas normas, aunque esto sea
lo aconsejado, porque el chico está pidiendo su moneda y no una donación
institucional. Se trata de un dilema: nada que se haga lo soluciona, ni lo
extirpa. Y sin embargo, sabiendo eso, igualmente algo hay que decidir, ya
que el chico está ahí parado y él también sabe que la moneda no podrá
solucionarle nada, sino simplemente, mejorar por un rato su día de mendigo.
Es extraño, además, que haya individuos filantrópicos en una sociedad
despiadada. Aunque, pensándolo mejor, esto es lo único que no es extraño: la
filantropía nació hace varios siglos en sociedades muy injustas, esas mismas
sociedades europeas que, hoy, nos parecen equitativas. Llegaron a ser más
equitativas no por acción de los filántropos, que las volvieron más
sensibles frente a la pobreza, sino por las reformas impulsadas por las
víctimas y los hombres y mujeres que los representaron políticamente. Sin
embargo, aquellos filántropos hicieron que la vida y la muerte de muchos
fuera menos indigna.
*ESCRITORA Y ENSAYISTA

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