06 febrero 2008

parashah: TERUMAH - Las Luces de la Santidad, por Malcah Canali 5768

TERUMAH - Las Luces de la Santidad, por Malcah Canali 5768
de menujah rajel - Wednesday, 6 de February de 2008, 18:10
 

B''H

 

De Malcah para la Quebutzah

 

 

Madrid – Sefarad

a 9 de febrero de 2007

30 de Shevat de 5768

 

TERUMAH

LAS LUCES DE LA SANTIDAD

 

 

Por extraño que parezca, acercarse a la parašhah "Terumah" para tratar de comentarla, infunde mayor temor reverencial, mayor sensación de excesivo atrevimiento, en suma, mayor timidez que hacer otro tanto con textos de absoluta trascendencia como la Zarza Ardiente o los Diez Mandamientos; tal vez porque al leer estos últimos más a menudo y oír o leer innumerables glosas sobre su contenido, estamos, o creemos estar. Familiarizados con ellos. "Terumah", en cambio, a pesar de su esplendor artístico, se envuelve en una discreción de significado, probablemente debida al hecho de que trata de objetos, que engaña con facilidad.

Si bien esta parašhah se inicia con una circuncisión del corazón, señalada en la expresión del versículo 2: "De todo hombre cuyo corazón sea generoso, tomaréis un tributo, mi parte la tomaréis", pasa de inmediato a consideraciones materiales. El eterno pide oro, plata y cobre, en primer lugar. Luego sigue con otras exigencias: quiere lana, y de la buena que se pueda teñir de azul celeste, de púrpura o carmesí, también quiere lino, pelo de cabra, cueros y madera de acacia, además de aceite e incienso, sin contar el ónice y otras piedras preciosas que, de momento, no se enumeran.

Terumah, es la glorificación de lo material, cosa que no dejará de chocar a muchos adeptos de otras religiones acostumbrados a ver en lo material el lado despreciable de la vida. El judaísmo se funda en otro concepto, primero porque la mentalidad judaica está conformada por la noción de unidad, que es absolutamente esencial en ella. No disocia el cuerpo del alma, ni, lo material de lo espiritual.

Para evitar confusiones, es menester resaltar que el judaísmo no predica, ni muchísimo menos, el apego por lo material. Muy al contrario, la Torah siempre exige que el israelita se desprende de una parte de su caudal o de sus pertenencias a favor de los necesitados, de la tribu sacerdotal o, como lo vamos constatando en "Terumah", del santuario de Hašhem. No se trata de apegarse a lo material sino de valorarlo con mesura y sentido común, porque es parte de la creación, es un don del Eterno y, cuando nos falta de verdad, bien que sabemos clamar al Cielo para recabar generosa limosna y, al ser posible, a pesar de nuestros pecados, largueza y prodigalidad.

Tal vez sea ésta la primera lección que nos imparta la parašhah "Terumah": lo material, en si, es cosa buena y deseable; incluso lo mejor de lo más lujoso es de lícita apetencia y posesión si se emplea en el culto al Creador, que no se limita a la construcción, mantenimiento y uso del santuario, sino que se extiende al conjunto de la vida. El culto al Eterno es la práctica de la virtud, básicamente la obediencia a los diez mandamientos, que debe ser el punto focal de nuestra atención. La irradiación de estos Diez Mandamientos en los Mishpatim es el camino que llevará a la elaboración del santuario. Esto significa que no es santuario el que permite cumplir con la Torah, sino que es cumplimiento de la Torah que permite la existencia de este santuario el cual viene descrito en el texto en términos tan pletóricos de exuberante sensualidad que embriagan el alma y dilatan gozosamente el corazón.

Antes dijimos que el judaísmo no es amigo del apego a las cosas materiales y ahora, vemos que tampoco valora el ascetismo. Por el contrario, nos dice que amar la Torah, respetarla y cumplir con sus preceptos es amar al Eterno Quien nos corresponde colmándonos de toda clase de bienes, incluidos lo más excelsos entre los materiales, los que El desea para Su Santuario.

Terumah es, pues, un canto a los objetos fabricados con amor y con una finalidad encomiable. También es un canto a los productos naturales, a la belleza y al lujo.

Pero con todo lo dicho, no hemos acabado de anotar los compases de la melodía que compone Terumah porque hay en esta parašhah una voz suplementaria, quizás más importante que todas las demás: es el futuro.

Sí, Terumah es un canto al futuro. Este tiempo verbal, por supuesto, ha aparecido ya muchas veces en la Torah, en especial para enunciar las promesas divinas y, a menudo, las órdenes o prohibiciones (puesto que el imperativo negativo no dispone de la Voz Divina con tanto vigor como en estos capítulos que `pregonan las normativas referentes a la constitución del santuario. Las formas "yqjú", "tiqjú" se emplean en los primeros versículos, recordándonos que Quien en tales términos Se hace oír Es el Todopoderoso Que Se presentó (no Se identificó) ante Moshé con el portentoso, inigualable, incomparable: "Seré El que Seré", atestiguado en el versículo 14 del capítulo 3 de Shemot.

El santuario, pertenece ante todo al ámbito del futuro: siempre está y siempre estará por hacer. La palabra "yqjú" suma 124 como "Edén" mientras que "tiqjú" (tav, qof, jet, wav) suma 514 como "slijot" o sea, las suplicias para obtener el perdón, o sea unos rezos relacionados con el futuro, inmediato o alejado, pero el futuro. El santuario, por medio del perdón, nos franqueará la entrada en el Gan Éden siempre que tomemos la Terumah de nuestro corazón.

A partir del versículo (, el futuro se transforma n pasado invertido, modalidad de la conjugación que, como lo hemos señalado en diferentes ocasiones, indica siempre la dependencia que el futuro tiene del pasado si no interviene ningún factor transgresor de esta ley aparentemente inexorable: lo que hemos sido y lo que hemos hecho (sean estudios, sean viajes, sean pecados…) determinan lo que haremos y lo que seremos (con quien nos hemos casado, los compromisos que hemos adquirido, etc… determinan nuestro futuro). En la parašhah que estamos estudiando, los pasados invertidos en futuro, nos recuerdan que el santuario será lo que hayamos preparado.

El santuario "será". Este perpetuo futuro viene simbolizado en las llamas que han de arder en el candelabro que ocupará el lugar de honor en la Morada del Todopoderoso en la Tierra que por El fue creada.

El candelabro, en hebreo, es la Menorah, palabra que se suele escribir con una wav después de "mem", pero que, en nuestro texto aparece sin ella, de forma que "hamenorah" (capítulo 25, versículo 33) suma 300, lo cual corresponde a la letra "shin", relacionada con el fuego y con el "haish", el hombre ardiente, no el adam, hebreo de tierra rojiza pero carente de verdadero ardor, sino del "ish", el hombre que, al descubrir a la "ishah", es decir a su esposa, se ha entusiasmado y transformado en un ser ardiente que su deseo ennoblece. Este "ish" es quien habrá de fabricar, con su mano (yad=14) el candelabro de oro (oro=zahav=14), y encender en él las siete luminarias, debiendo las tres lámparas de un lado y las tres lámparas del otro alumbrar hacia la lámpara central.

Era de tan difícil realización el gran candelabro, la Menorah, que Moshé no acababa de entender la descripción que Hašhem le hacía. Este tuvo que mostrárselo, suponemos que en una visión, para que se enterara. No es ninguna leyenda, ninguna exégesis: lo dice el versículo 40 del capítulo 26: "Mira, lo harás según el diseño de ellos que te he mostrado en el monte".

La Menorah cuyo diseño era tan complicado debía tener cálices en forma de flor de almendro. Es interesante observar que "almendro" y "flor de almendro" se dice con el verbo "shaqued" o su derivado que significa "estar alerta, estar vigilante". Queda, pues, perfectamente claro que las luces de la Menorah representan la vigilancia perpetua del pueblo de Israel para mantener la santidad que le exige el Eterno.

Ya sabemos que Haqadosh Baruj Hu promete amor y fidelidad antes de exigir la recíproca. Cuando El entrega al ser humano el poder de crear luz, a imagen de lo que El Mismo hizo al principio de la Creación, le está regalando lo más valioso con el que pueda soñar la criatura.

El ser humano aprenderá a fabricar el óleo que habré que arder en la Menorah. Incluso cuando sus pecados acarreen la desgracia más terrible, como fue la profanación del Templo, en tiempos de los Macabeos, el aceite escondido entre las paredes del santuario, permitirá reanudar con aquella tradición maravillosa que inauguramos en el desierto cuando, conquistada la libertad, aprendimos el secreto de la santidad que es la asunción del futuro, simbolizada en las llamas de la Menorah. Todas las llamas son confianza en el porvenir. La llama está destinada a seguir ardiendo. La encendemos y ella arderá.

¡Bendito Sea el Eterno Que nos enseñó este secreto!

 

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