18 diciembre 2005

parashah: Parashát Vaieshév, por Rav Daniel Oppenheimer: ¡Qué vergüenza!

Parashát Vaieshév, por Rav Daniel Oppenheimer: ¡Qué vergüenza!
de EduPlanet Rectorate (daniEl I. Ginerman) - Sunday, 18 de December de 2005, 18:38
 
Parashát Vaieshév
¡QUE VERGÜENZA!

por Rav Daniel Oppenheimer

En esta hoja hemos examinado frecuentemente temas relacionados con el trato entre los seres humanos y la opinión de los Sabios al respecto. Hoy, pasaremos a una de las conductas más aborrecidas por los Sabios comenzando a partir de los eventos que se describen en las Parshiot que estamos leyendo estas semanas: humillar al prójimo en público, disfrutar de los errores ajenos aun cuando uno no provocó la circunstancia activamente y quedar pasivo frente a una situación en la cual el semejante está pasando vergüenza.

El primero de los tres está tan presente en nuestra sociedad por el “aporte educativo” que recibe desde los medios en cuyos programas de “entretenimiento” abundan los que muestran como “divertido” (y aparentemente inofensivo) cuando otro la está pasando mal. Esto, sin mencionar los programas que se dedican a conocer y publicar las intimidades de los demás. No cabe la menor duda que más que informar, esto ayuda a fomentar la discriminación en contra de los que sufren alguna clase de limitación.

Vayamos entonces a las fuentes. Ia’acov trabajó con esfuerzo durante siete largos años para contraer matrimonio con Rajel, hija de Laván. Al cabo de los siete años en la misma noche de bodas, Laván tomó a su hija Leá en lugar de Rajel y la condujo al casamiento (con el pretexto que la costumbre del lugar era no casar a la menor antes que a la mayor). Recién al otro día Ia’acov notó que era Leá. No nos extraña de Laván pues ya sabemos que era mentiroso y pudo así lograr que Ia’acov trabaje por él siete años adicionales gratis. ¿Y Rajel, dónde estaba? Dicen los Sabios que Rajel colaboró con el siniestro plan, del cual se enteró a último momento, a pesar que Ia’acov podía ahora renunciar a casarse con ella. Sabiendo que el padre era embustero, Ia’acov y Rajel habían preparado contraseñas para darse a conocer y evitar así los posibles engaños. Sin embargo, cuando Rajel vio que conducían a Leá dijo para sí: “Ahora mi hermana va a sufrir vergüenza” e inmediatamente le transmitió la información arreglada con Ia’acov. El sacrificio de Rajel no quedó impago y cuando los méritos de los demás patriarcas no alcanzan para defender al pueblo de Israel y llora Rajel, D”s le responde: “Detiene tu llanto... pues hay recompensa por tu acción... y volverán de la tierra de sus enemigos” (Irmiahu 31) (Talmud Babá Batrá 123.)

Tamar, nuera de Iehudá, sedujo a su suegro y quedó embarazada por él, luego de haber sido enviada a su hogar paterno al haber fallecido los maridos, ambos hijos de Iehudá, para esperar que el hermano menor Sheilá la tomara como esposa. Sin saber que él mismo era el autor del embarazo, Iehudá decretó sobre ella la pena de muerte. Tamar ya era conducida a la hoguera, cuando envió ciertos objetos pertenecientes a Iehudá para que reconociera su participación en la cuestión. Del hecho en si, que Tamar no publicó la paternidad de Iehudá, sino que lo dejó en manos de él, a pesar de estar al borde de la muerte, los Sabios aprenden que “es preferible para una persona ser arrojado a las llamas, antes de avergonzar a otra persona públicamente” (Talmud Brajot 43sonrisa.

Existen, a su vez, personas que no caen en este flagelo, pero no dejan de gozar el hecho que otro (y si es su adversario, mejor), caiga en desprestigio. El Talmud (Meguilá 28.) cuenta que le preguntaron a R. Nejunia ben Hakaná porqué había llegado a la longevidad. Respondió: “Nunca me honré con la degradación de otro...” (y sigue enumerando otras virtudes).
R. Natan Tzvi Finkel sz”l, líder espiritual de la Ieshivá Slabodka que luego se trasladó a Jevrón, debía observar una dieta especial en su ancianidad. Algunos alumnos eran “expertos” y sabían prepararle la comida de acuerdo a su régimen. En cierta ocasión, los “cocineros” habituales se ausentaron y tomó su lugar un suplente. La comida no le salió muy bien. Al día siguiente, los alumnos acostumbrados, habiéndose enterado del fracaso del día anterior, le trajeron avena de calidad y manteca fresca de Ierushalaim. Después de probar un bocado, R. Natan Tzví sintió nauseas y exclamó: “Me están envenenando. Están dándome comida con el deshonor del compañero” y no comió más. (Hameorot Hagdolim 70)

En otra ocasión, un alumno entró a la Ieshivá un día de Shabbat a la mañana y comenzó a remangarse como todos los días como para colocarse el Tefilín. A otro alumno, le surgió una leve sonrisa en la boca. Cuando ocho años más tarde, este segundo alumno se le acercó en Iom Kipur para pedirle una bendición, R. Natan Tzvi se enojó con él y le reprochó por el goce que había tenido ante el error del otro. “Y desde entonces, aún no he visto una mejoría en tu conducta en este aspecto” (ibid 125)

Otra historia.
Cuando R. Mendel Kaplan sz”l era maestro en la Ieshivá de Chicago, ocurrió que los alumnos se cansaron del menú que ofreció la cocinera para el almuerzo (ensalada de huevo y postre colorado) durante trece días seguidos. Un grupo de ellos envió entonces una carta sarcástica a la administración de la Ieshivá sugiriendo un cambio: “¿Quizás se puede modificar por ensalada colorada y postre amarillo?” - preguntaron. La cocinera se sintió tan agraviada que no pudo servir comida ni saludar a la gente durante meses. En el transcurso de un Shiur (clase) R. Mendel interrumpió lo que estaba diciendo para hablar sobre el tema de no avergonzar a otro, mencionando algunos de los pasajes que acabamos de nombrar. A su vez , comentó: “Sería conveniente comer únicamente ensalada de huevo y postre toda la vida antes de hacer pasar vergüenza a una persona”. En ese momento nos percatamos que nos estaba hablando a nosotros.

Hasta este momento nos dedicamos a quien avergüenza o a quien goza del deshonor ajeno. A su vez, es obligación nuestra cuidar que otro, para que no llegue a sufrir desprecio o burla a manos de los demás. Existen numerosas leyes que están basadas en el cuidado “de no avergonzar al que no posee” (Talmud Pesajim 82.) o de “no discriminar al que no sabe”.

Un día un alumno se durmió y comenzó a roncar durante la clase de R. Mendel. Su compañero le dio un empujón para despertarlo, pero R. Mendel lo paró. “La Halajá obliga a despertar al compañero para que no pierda la hora del Shmá, pero no para escuchar mi Shiur”. A continuación aclaró unas cuantas leyes relacionadas con la prohibición de molestar el sueño del otro. El alumno somnoliento se habrá percatado del cambio en la voz de R. Mendel y comenzó a despertar. Temiendo que sintiera que todos lo estaban mirando, R. Mendel cortó en la mitad de la oración y volvió al tema que estaban estudiando: “y con esto se responde la pregunta del Ramba”n, y podemos seguir la Guemará”.

Estamos aún muy alejados de una conducta de la cual aprobaría la Torá. Esto no quita que debamos esforzarnos para erradicar este mal de nosotros. La vergüenza tiene a su vez su aspecto positivo necesario. Sin embargo, esto lo dejaremos para otra oportunidad.

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