16 mayo 2008

parashah: BEHAR - La Frontera de la Codicia, por Malcah 5767

BEHAR - La Frontera de la Codicia, por Malcah 5767
de Josefina Navarro - Friday, 16 de May de 2008, 12:15
 

B''H

De Malcah para la Quebutzah

 

Comentario a la parashah "Behar"

Shabbat 24 de Iyar de 5767

39 de 'Omer

12 de mayo de 2007

 

 

BEHAR

 

LA FRONTERA DE LA CODICIA

 

 

 

                                                            El precepto que abre la parashah de "Behar Tzion" que leeremos el sábado (junto con "Bejucotay") se encuentra ya estipulado en Shemot 23/10-11 en estos términos: "Seis años sembrarás tu tierra y recogerás su producto, pero el séptimo la dejarás descansar, estará en barbecho para que coman los pobres de tu pueblo y lo que ellos dejaren lo comerán la bestia del campo". Es una cosa muy hermosa esto de que el producto espontáneo de la tierra es para los pobres y los animales, o sea, los seres desprotegidos, los que nada poseen y es una gran lección para terratenientes y hacendados de toda clase. El precepto de la "Shemitah", la remisión, el barbecho, les recuerda que la tierra, realmente, no les pertenece. El Eterno se la deja explotar durante un tiempo, pero nada más. El séptimo año vuelve a su estado natural para alimentar a los desamparados.

 

                                                            Hemos vuelto a este enunciado de Shemot (a estas alturas, me imagino que todos sabéis que Shemot es el libro del Éxodo, pero puede haber alguna persona nueva…) hemos vuelto a este enunciado, pues, porque precede el de Behar que es ligeramente distinto. No menciona especialmente al pobre que se nutre del producto que crece por si mismo de la tierra, sino que autoriza al dueño, a su familia, a su servidumbre, incluso a su huésped, a consumir este fruto salvaje. Es evidente que el pobre sigue teniendo la prioridad, pero los demás también pueden disfrutar de lo que es puro regalo del cielo.

 

                                                            Es lícito pensar que esta concesión del Eterno a los más favorecidos está destinada a igualarles con los pobres en cierto sentido, para enseñarles a conformarse con lo natural, con lo que no ha sido cultivado, abonado, cuidado… lo natural.

 

                                                            Hoy en día estamos acostumbrados a una agricultura industrial que nos ofrece frutas y hortalizas de un tamaño descomunal (¡dentro de poco las fresas pesarán 100 gramos cada una!), que no han conocido las inclemencias o la benevolencia del tiempo porque han crecido triste y tontamente bajo carpas de plástico cuales niñas mimadas que se asustan al primer rayo de sol o a cualquier gota de lluvia… a ellas se las riega con gota a gota. Nos dicen que así se ahorra agua, sin precisar que nos vemos obligados a ahorrar el agua porque la hemos despilfarrado en el moderno afán de consumir más y más. Hemos conseguido flores y frutos sin olor ni sabor.

                                                            Éste es nuestro castigo por haber burlado todas las leyes agrícolas encerradas en la Torah, especialmente la de Shemitah, el descanso de la tierra, este santo descanso que es eco del shabbat que el Eterno guardó y nos mandó guardar, nada más crear el mundo y completarlo con la creación de la pareja humana.

 

                                                            De la adamah, de la tierra, sacó al ser humano y le llamó Adam. Durante su permanencia en el Edén, este Adam no necesitaba cultivar el suelo. Al instituir el shabbat de la tierra, el Eterno no sólo concedió reposo, tiempo de recuperación, reencuentro con su identidad (que ciertamente la tiene, no hay ninguna razón para pensar lo contrario) al suelo fértil, sino que gratificó al hombre con unas vacaciones, un retorno periódico a la vida eterna y una conciencia renovada de su lazo con la tierra, así como de su dependencia de ella. La tierra tiene una relación maternal con el hombre, un lazo de sangre. Ya lo hemos apuntado en varias ocasiones: la palabra "dam" que se encuentra tanto en "adamah" como en "Adam" significa sangre.

 

                                                            Ni los astros, ni las plantas silvestres están sometidos a la obligación shabbática porque no tienen con el hombre la misma relación que la tierra cultivada. Ésta es la que fue objeto de la terrible sentencia: "maldita será la tierra por culpa tuya" (Bereshit 3/17) que se completa en la siguiente manera en el mismo versículo: "con aflicción comerás de ella todos los días de tu vida" D.os dice: "todos los días de tu vida" y alude a la tierra cultivada. En cambio, cuando en los capítulos jurídicos de la Torah, ordena la shemitah, Se muestra benevolente y compasivo tanto con la tierra como con los seres humanos. Concede descanso a ambos.

 

                                                            Respetar este descanso es, pues, gozar de un bien incomparable.

 

                                                            No deja de resultar asombroso que, en nuestra época "de progreso" que enfatiza el derecho de las personas a disfrutar de vacaciones periódicas (y, a veces, agotadoras por los atascos, las prisas, los equipajes y las carreras para instalar el parasol en el lugar más soleado), no se le otorgue a la tierra que nos alimenta este mismo derecho al descanso y que, por el contrario, se le exija una producción cada vez mayor, atiborrándola de productos químicos que, probablemente, resulten una tortura tan cruel como alguna descrita en relatos de pobres desgraciados que han soportado los malos tratos de gobernantes tiránicos: dejándoles sin dormir a base de inyectarles sustancias excitantes, por ejemplo.

 

                                                            Esto es lo que se viene haciendo sin ninguna piedad con la tierra y desde hace luengos años. La tierra está agotada y clama al cielo para que los humanos dejen de azotarle con su demente codicia. Ellos están como ebrios. Siempre quieren más y más… y más. Quieren dos cosechas anuales e incluso, en algunos lugares del Globo, quieren tres. Dicen que esto permitirá dar de comer a los hambrientos, pero cada vez hay más hambrientos en el mundo. Entonces, los Grandes Magos del Progreso y de las Finanzas, optan por enriquecer la pobre tierra inyectándole compuestos químicos extraños, parecidos a estas drogas "de diseño" que hacen estragos en la sociedad. Y la tierra, exhausta, dolorida, desorientada, pide socorro a la gente sensata porque advierte que se está muriendo y que la humanidad no podrá sobrevivirle. Las aguas que de ella manan están envenenadas y se procede al regadío con estas aguas emponzoñadas. La pesadilla no tiene fin.

 

                                                            La tierra no tiene su shemitah, no tiene su descanso. Dicen que la enriquecen cuando realmente la empobrecen.

 

                                                            Está escrito en la Torah que si no respetamos las leyes que el Eterno nos dicta, si servimos a dioses extraños, la tierra no dará más su producto y desapareceremos, seremos exterminados. Esto no es ningún secreto, viene escrito en la "shemá" nuestro rezo cotidiano.

 

                                                            Desgraciadamente, el ser humano ha encontrado o, mejor dicho, se ha fabricado un dios tan exigente como implacable y le sirve con total devoción. Este dios es él mismo. Desde la época llamada Renacimiento se afana por ponerse él en el centro del universo, idolatra sus propias facultades y se considera dueño de la Creación, como si conociera sus secretos y pudiera disponer de ella a su antojo.

 

                                                            Pero no es así. La criatura débil y pecadora que fue expulsada del Paraíso por su inmadurez y su imprudencia, sólo puede utilizar la Naturaleza a condición de obedecer la Ley Divina, a la Santa y Perfecta Torah por la que se mantiene la armonía universal, es decir, la concordia entre los distintos componentes del Cosmos, así como entre éste y su Creador.

 

                                                            Hoy en día, la tentativa humana de suplantar al Eterno ha llevado a un materialismo bestial y destructor. Era inevitable porque la idea de que un progreso concebido como un movimiento imparable hacia un bienestar material cada vez mayor podía equipararse al perfeccionamiento espiritual, podía sustituirle, en lugar de ser su consecuencia, es absurda y degradante. Como cualquier otra forma de idolatría consiste en hacer depender al ser humano de los objetos fabricados por su propio ingenio.

 

                                                            Desde luego es mucho más fácil "tener más" que "ser más". Lo material es visible, tangible y cuando, como lo veníamos diciendo, no es fruto de un perfeccionamiento interior, se adquiere a cambio del alma. Acumular objetos, comodidades y caprichos es un modo de enmascarar el vacío. Esto ocurre con la agricultura como con cualquier otra cosa. No respetar el derecho de la tierra al descanso, agotar a la madre que nos nutre, con exigencias desaforadas, produce un vacío espiritual y físico imposible de colmar.

 

                                                            En efecto, al privarnos de los frutos más sanos de la tierra, de los que nacen de su auténtica salud, nos fabricamos una insatisfacción en perpetuo aumento. Basta con abrir la televisión o echar una ojeada a la prensa escrita para comprobar que la obsesión por la comida está alcanzando proporciones descomunales. Todo son recetas, dietas, consejos, recomendaciones e instrucciones sobre el modo correcto de alimentarse. Estoy hablando de la parte menos poblada del mundo, el mundo rico, el mundo de los privilegiados, de los que han agotado la tierra con su insaciable codicia. Han llegado a la frontera: la obesidad y otras enfermedades de esta codicia, en muchos casos, les impiden comer.

 

                                                            En el resto del mundo, una ingente cantidad de infelices no tienen nada que comer, pero no se los ve tan obsesionados por el sustento como los habitantes del mundo rico. Con pan y agua se conformarían.

 

                                                            Sin embargo tenemos una esperanza. Florecen por doquier las empresas de agricultura ecológica. El sentido común vuelve a imperar entre muchos grupos de personas preocupadas por la salud general y la calidad de vida que legaremos a las generaciones venideras. Todos podemos comprobar fácilmente el interés que estos pioneros muestran por los preceptos religiosos, toraicos en especial, que rigen la vida de las sociedades preocupadas por la salud física, psíquica y espiritual de los hombres que pueblan este planeta tan hermoso y tan acogedor que nos regala cada día el Creador.

 

                                                            ¡Quiera Él, por este afán que tenemos de reparar el daño que, entre todos, hemos hecho, concedernos Su Bendición, devolviendo su vigor a la tierra para que nuestros hijos y nietos vivan felices!

 

 

Shabbat shalom

 

Los que esperan en EL ETERNO nunca serán decepcionados

 

Malcah

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