23 enero 2008

contextos: El débil no es sino el que ignora su fuerza

El débil no es sino el que ignora su fuerza
de Josefina Navarro - Tuesday, 22 de January de 2008, 22:41
 

De Malcah

 

 

Texto leído en la sede de  la

Federación para la Paz Universal

 

El débil no es sino el que ignora su fuerza

 

 

                                               Un gran sabio judío, Rabí Najman de Breslav, dijo en una ocasión: "El débil no es sino el que ignora su fuerza".

 

                                               En estos días de Janucah cuando conmemoramos la victoria de un puñado de guerrilleros malarmados sobre el mayor imperio de la época, evocamos con gozo y admiración a nuestros antepasados. Formaban un pequeño pueblo, con viejísimas y sabias tradiciones, pero muy debilitado por la progresiva desaparición del poderío militar y, sobre todo por una tremenda crisis de confianza en sus valores ancestrales. Sin embargo, se enfrentaron al imperio griego, a la dinastía Seléucida que Alejandro Magno había dejado tras él para "helenizar" a los "retrógrados" pueblos de Oriente Medio. Alejandro Magno, Dueño de las huestes, Propietario del discurso y Amo de las perversiones, había extendido su hermosísimo brazo sobre esta región haciéndola digna de la idolatría y del culto a la desnudez del cuerpo.

 

                                               Los griegos tenían fama de invencibles, pero ignoraban que el débil no es sino el que ignora su fuerza.

 

                                               Hoy estas palabras toman especial relieve para todos nosotros porque encendemos la Sexta vela de Janucah y, al hacerlo, recordamos el arrojo de los hermanos Macabeos que no quisieron ni pudieron admitir por un solo instante que la idolatría, el endiosamiento de la futilidad, el ultraje a la virtud y el culto a la perversión fueran a prevalecer sobre la inmortal belleza de la dignidad y del Bien.

 

                                               Porque la victoria de los Macabeos no fue sólo la victoria militar del pueblo judío que se unió a ellos, fue también y sobre todo, el triunfo de la identidad moral y religiosa sobre una tentativa brutal y especialmente astuta  de aniquilamiento del alma. Lo mismo ocurre hoy día con las guerras humanitarias en las que se persigue a colectividades enteras por no ser bastante "modernas" y tener el descaro de seguir respetando tradiciones morales. Se destruye el discernimiento de los ciudadanos presentándoles el Mal como un Bien superior, por ejemplo: "está muy bien venerar todas las perversiones, porque esto es ser tolerante y la tolerancia es la madre de todas las opciones, por lo que ha sido galardonada hace tiempo con el Premio Universal a la Excelencia Psíquica".  No sé si suena bien este discursillo que oímos a diario, pero sé que a la mayoría de los seres humanos nos horroriza.

 

                                               Pues, como todos sabemos, la victoria militar se plasmó en el milagro del frasquito de aceite consagrado que ardió ocho días en vez de uno solo, simbolizando el ardor de la fe, materializando la llama del corazón, el apego a la identidad religiosa y el santo entusiasmo que el Eterno siempre bendice porque es la Presencia Divina dentro del alma humana. La Presencia Divina, la Shejinah, allana todos los obstáculos, derroca todos los colosos, acalla la voz de todos los tiranos y alimenta la valentía de todos los indefensos.

 

                                               La Presencia Divina reside en la Creación, está en el Cosmos del que formamos parte. Impulsa una estrella a atravesar las galaxias para venir a saludar a un recién nacido, inspira a una madre acongojada, Hagar, madre de Ismael, la súplica más conmovedora de todos los tiempos: "¡Señor, haz que no vea a mi hijo morir de sed!" y le aporta la respuesta del Todopoderoso: un pozo.

 

                                               La Presencia Divina está realmente dentro de nosotros y cuando la acatamos Se expande en ondas, en vibraciones que estremecen el universo y obran milagros.

 

                                               Los milagros, por cierto, se producen a diario, pero no los vemos, no los advertimos o los olvidamos. Sin embargo, con el sencillo esfuerzo de recordar, cada uno de nosotros evocará de inmediato una circunstancia en la que pidió al Eterno... recordad, Amigos, recordad, por favor... aquella vez en la que pedisteis un milagro y se produjo el milagro. Yo recuerdo: Corría el año 66, en sus inicios. Era invierno todavía, no sé si era enero o febrero, pero hacía mucho frío. Mi esposo y yo teníamos una vida muy dura, vivíamos en una pensión, separados de nuestros dos hijos mayores. A uno de ellos le costeábamos una guardería, el otro estaba con mis padres. Tener una casa en la que vivir con ellos era un sueño... Pasábamos hambre y frío... nuestras nóminas se perdían inexplicablemente todos los meses... nuestras reclamaciones quedaban sin atender. Teníamos enemigos muy poderosos, como cualquiera puede imaginar. Una mañana, mi esposo, Diego, se cayó medio desmayado en la madrileña calle de Jacometrezo. Me asusté pero tuve la suficiente sangre fría de comprender que pedir una ambulancia sería una locura porque no era ni social ni políticamente correcto que dos profesores universitarios vivieran en la miseria porque se extraviaban sus nóminas. Diego estaba en el suelo, le ayudé a incorporarse un poco y le oculté con mi cuerpo. El pobre hombre se había gastado el dinero de su bocadillo en comprarme unos yogures porque yo estaba embarazada y necesitaba calcio. Miré que no viniera ningún policía y le dije: "no te muevas, espera" y empecé a revolver mi bolso mientras rezaba con toda mi alma. Sabía que no tenía un céntimo, pero recé, recé con toda mi alma mientras revolvía el bolso y encontré 35 pesetas que había reservado para... no hace al caso. Había una cafetería muy cerca.

 

                                               Amigos Míos, el milagro existe, por mucho que las voces del materialismo se empeñen en hacernos creer lo contrario. Al milagro lo llaman casualidad, como si el hecho de fabricar una palabra que no significa nada fuera a cambiar nuestra experiencia y nuestras vivencias ¿qué será la casualidad? Yo, un día, conocí la Federación por la Paz, conocí a Armando, a Marcia, a Maryvonne... os conocí a todos y fue un gran milagro, porque acababa de enviudar y me sentía bastante desconcertada... pero os conocí y desde entonces arde en mi corazón una llama más de dulzura y amistad. A menudo pienso: ¿Cambiaría yo el tiempo que paso con ellos por gozar de un asiento especialmente cómodo en un coche de lujo? ¿Y vosotros? ¿Cambiaríais el rato que pasáis aquí por una siesta debajo de unos cocoteros aburridos de tanto posar junto a bañadores y sonrisas sintéticas como lo vienen haciendo desde hace algún que otro decenio?

 

                                               Estamos bien todos juntos. Somos felices y vivimos en paz. Si esta bendición de la fraternidad somos capaces de atraerla por el sólo hecho de saber que llevamos dentro de nosotros la fuerza suficiente para creer en ella, también debemos saber que tenemos la fuerza suficiente para unir nuestros anhelos individuales en la búsqueda de la paz universal. Parecemos débiles y creemos que somos pocos, pero esto no es cierto. Podemos vencer a los gigantes. Acordémonos de aquel chaval bastante díscolo pero que confiaba en la fuerza que el Eterno le prestaba y le tiró una piedra a un grandullón que se chuleaba.

 

                                               Ahora también vemos a los conflictivos chuleándose pero sabemos que son pocos y tienen miedo.

 

                                               La paz universal la estamos haciendo y sabemos que el Todopoderoso ya la está bendiciendo.

 

                                               ¡Bendito sea El para siempre jamás!

 

 

Malcah

 

 

De malcah a la quevutzah

 

26 de diciembre de 2006

 

 

 

                                               Queridos Amigos:

 

                                               El texto que os envío hoy se dirige a vosotros tanto como a los miembros de la Federación por la Paz, razón por la cual tengo el máximo interés en comunicároslo, sobre todo porque... veréis. Hace dos años, una prima mía, mejicana, me llevó al centro de la Federación. Allí conocí a alguien que me presentó a una serie de personas entre las cuales se encontraba otra allegada mía amiga de un joven que me invitó a una reunión en la que conocí a Josefina. Hicimos amistad y, hablando con ella, mencioné mi proyecto de organizar una quevutzah.

 

         ¡Una serie de casualidades!

 

         Os quiero muchísimo

 

         ¡Que el Eterno os bendiga!

 

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